Neuroarquitectura y la economía de los ciclos: entrevista con el arquitecto Juan Carlos Baumgartner

Entre biomateriales regenerativos, curvas envolventes y tecnología casi imperceptible, Juan Carlos Baumgartner identifica un cambio que rebasa las tendencias a la vez que modifica la forma de concebir la arquitectura contemporánea.

 

Fotos: Cortesía

El Salone del Mobile 2026 marca un punto de inflexión donde la optimización rígida cede ante el bienestar integral del ser humano.

Para Juan Carlos Baumgartner, fundador de SpAce, la consolidación del Soft Living, con sus siluetas orgánicas y envolventes, trasciende la mera tendencia estética: se trata de una evolución cultural respaldada por la neurociencia.

Arq. Juan Carlos Baumgartner

Nuestro sistema nervioso identifica de manera intuitiva las curvas como geometrías seguras y reconfortantes, distanciándose del minimalismo frío de antaño para priorizar el confort emocional y la regulación del estrés mediante experiencias multisensoriales. Esta empatía espacial coincide con una era en la que la tecnología se vuelve invisible.

Con la inteligencia artificial y los sistemas inteligentes operando de manera imperceptible detrás de escena, la materialidad recupera su rol protagónico; desde la perspectiva de la neuroarquitectura, los materiales no son neutrales; actúan como canales de comunicación cognitiva: la piedra evoca permanencia, la madera transmite calidez y los metales artesanales aportan autenticidad.

En un entornocada vez más digitalizado, Baumgartner destaca la relevancia de elegir texturas que construyan con precisión la experiencia psicológica que se desea provocar.

En el ámbito de la sustentabilidad, la feria evidenció el paso definitivo de una economía de productos a una “economía de ciclos”. La vanguardia ya no es solo reciclar, sino también desarrollar biomateriales regenerativos derivados de residuos agrícolas y de baja huella de carbono, concebidos desde su origen para ser desmontados, reparados y, eventualmente, reintegrados al planeta.

La gran lección de Milán es que las fronteras disciplinares se desdibujan para dar paso al diseño de estados emocionales como la concentración, la creatividad o la conexión social. El diseño contemporáneo ya no consiste en colocar objetos bellos dentro de un contenedor arquitectónico; su verdadero éxito radica en orquestar ecosistemas fluidos que constituyan las condiciones idóneas para que ocurran vivencias extraordinarias, transformando positivamente la vida de las personas.

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